Pasó el verano y tenemos ante nosotros el inicio de un nuevo curso.  Nervios, esperanza, ilusión renovada, nuevas expectativas, temores desconocidos quizá…; esto los alumnos. Ahora bien, ¿y los profesores? Pues de todo, como en botica.

Tengo la sana costumbre de hablar solo de lo que sé; bien porque lo he estudiado, bien porque lo he vivido.  Y por eso digo, sin riesgo de equívoco —aunque no hace falta ir a Oxford para saberlo— que de todo hay.

No sabría establecer una lista de profesiones para enjuiciarlas según su importancia, pero sí sé que la de profesor ocuparía un lugar cercano a la cúspide. Al colegio y al instituto se va, además de para adquirir conocimientos más o menos útiles, para formarse como persona, como ente social. Está muy manida ya la vieja disyuntiva de si la escuela está para formar o está para enseñar (conocimientos). De si los profesores, por tanto, deben emplearse en transmitir saberes encerrados en un libro o, además de eso, deben infundir valores y actitudes que trascienden el mero aprendizaje de la materia curricular propuesta. Hay quienes dicen que es en casa donde se debe aprender todo aquello que no viene reflejado en los libros y que los profesores no están para esas cosas (para educar) —dicho esto despectivamente—. Craso error.

Es incuestionable que en casa debemos aprender una serie de conocimientos, actitudes y valores que no recogen los libros de lenguaje o de matemáticas, por ejemplo, pero no solo ahí. La calle, los amigos, la escuela… representan una fuente inagotable de elementos que hemos de adquirir y nos serán necesarios en nuestro devenir como personas. A la postre, en la escuela pasamos muchas horas a lo largo del día y es ahí, por medio del profesor, donde se debe debatir, tratar, adquirir o asentar esos aspectos. Siquiera sea con el mero ejemplo.

Llegar a ser profesor no es fácil. Y luego, una vez que lo consigues, ¿qué haces, te sientas frente a tus alumnos, cabeza gacha, y comienzas a leer el correspondiente temario? No, por favor, eso no.

El profesor debe salirse —no hace falta que sea por la tangente— de lo que marcan los libros y poner de su parte para tratar y abordar en el aula habilidades que ayuden a formar personas justas con sólidos valores que sumen y no resten.

Aún recuerdo con cariño y nostalgia la huella indeleble que dejaron sobre mí un reducido grupo de profesores durante mi época del colegio y del instituto. Todos ellos tenían un denominador común; les apasionaba su trabajo. Esta característica constituye un aspecto fundamental a la hora de desarrollar no ya este trabajo sino cualquier otro. Como es lógico, no solo poseían esta virtud, que por sí sola no valdría (aunque casi), sino que también atesoraban un gran dominio de la materia ―Lengua, Literatura y Latín concretamente― y una habilidad comunicativa fuera de toda duda.

Con su pasión por la materia y su manera de transmitirla, nos inculcaban unas ganas de saber y de aprender que no hacían sino retroalimentar la comunicación que se ha de establecer entre profesor y alumno. Cada minuto, una oportunidad; cada oportunidad, una lección de vida.