¿Alguna vez ha estudiado nombres de autores y títulos de obras sin haberlas leído? ¿Recuerda como se ha olvidado de ellas? Cuando el afán del aprendizaje es vomitar listines de antropónimos o memorizar fechas y lugares de nacimiento, estamos muy lejos de alcanzar el bagaje cultural que aporta el verdadero estudio de la literatura, su disfrute. Nuestras maletas están vacías. Las tenemos, sí, pero sin contenido. Por ende, ¿dónde viajaremos? No muy lejos.

Tal es el panorama actual de la didáctica de la lengua española y su literatura en muchísimos centros educativos. Qué fatalidad empeñarse en ofrecer un aprendizaje de la lengua desvinculado del análisis y comentario de sus versos más ilustres, de sus pasajes o escenas más representativas. El teatro a escena, los estudiantes se apasionan cuando lo intentan. ¿Y la comprensión verbal oral? ¿Por qué no probamos a reforzarla a través de la interpretación de canciones? Y… ¿a escribir cómo aprendemos? Escribiendo.

Obviamente, la labor del mentor es mayor, debe dedicarle más esfuerzo y tiempo. No es lo mismo corregir o encauzar una redacción, dirigir un proyecto escénico, preparar y buscar recursos musicales… que preguntar el nombre de un concepto, de una obra, de su autor, de una fecha o de un movimiento.  La asepsia lingüística, en ocasiones, ha convertido también en áridos desiertos los tan necesarios ejercicios de sintaxis y morfología. La práctica de los mismos totalmente desprovista del amor por lo escrito, de lo estético, de la búsqueda del sentido, del aprendizaje lúdico… produce sueño, aburrimiento y desconexión en el alumnado.

En definitiva, desapego del valor de la lengua bien empleada y recelo al esfuerzo de  creación, recepción e interpretación de los textos. ¿De qué nos sirve definir o identificar un adverbio si no aprendemos su correcto uso? <<Lenguaje en uso>> que dicen los modernos. Con el desarrollo asombroso de las teorías lingüísticas en los albores del siglo XXI, el enfoque comunicativo de la enseñanza -no solo del español sino de todas las lenguas- es un factor irrenunciable que paulatinamente se va teniendo más en cuenta. El objetivo no es otro que buscar la inspiración en jugar con las letras. <<La coma, esa puerta giratoria del pensamiento>> nos decía Cortázar. Los alumnos sonríen satisfechos cuando descubren la dualidad pragmática derivada del cambio de posición del signo de puntuación. Hagamos la prueba. No se escandalicen. Les presto parafraseado el texto del autor desprovisto de coma. Ubíquenla, lean, interpreten, jueguen a cambiarla de sitio.

Comprenderán que al enseñar español no nos podemos abstraer de provocar, de despertar el ingenio: * Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer iría a cuatro patas en su búsqueda. Hombres y mujeres, velemos independientemente de donde coloquemos la coma por la tolerancia y el respeto, por la igualdad de oportunidades, por el aprendizaje a través del análisis y comentario de los buenos textos. Lo aprendido con ganas abriga el alma en momentos de frío y nunca se olvida porque se aprendió queriéndolo.