Es bastante probable que, en algún momento, pidamos a nuestros alumnos que preparen una presentación. Y, para darles un poco más de seguridad a la hora de hablar, les decimos que utilicen algún soporte con imágenes que les ayude a expresar sus ideas.

Me acuerdo que, en mis tiempos de alumna, armábamos carteles: aquellos con más talento para las artes, dibujaban y pintaban; nosotros, menos afortunados, utilizábamos imágenes sacadas de revistas. Hasta los títulos los hacíamos con tijera y pegamento.

Los tiempos son otros. La computadora o la tableta está en manos de casi todos y los muchachos, sin pensar mucho, terminan por utilizar carteles digitales, con imágenes de Internet.

Mi experiencia me dice que es casi cierto que la gran mayoría use un software de presentaciones y, quizás, el más popular sea el Power Point. Como afirmé en el post anterior, tengo la sensación de que todo ya está hecho y que lo novedoso es, casi siempre, utilizar una misma herramienta de manera distinta. Así que nada en contra los carteles digitales, principalmente si las diapositivas no están llenas de texto. Pero, ¿habrá una manera de proponer a los muchachos un uso diferente del PPT?

Estaba en un congreso sobre enseñanza universitaria hace algunos años cuando escuché por primera vez hablar en Pecha Kucha. Se trata de un modelo cerrado de presentación con 20 diapositivas programadas, con duración de 20 segundos cada una. Eso nos da un total de 6 minutos y 40 segundos por presentación. O sea, no hay mucho tiempo para exponer textos largos o llenar la diapositiva con movimientos sin sentido. Pasados los 20 segundos, la diapositiva ya es otra – y el presentador no puede perder el hilo del discurso.

Este modelo surgió entre un grupo de arquitectos japoneses, que intentaba juntar un grande número de jóvenes diseñadores para presentar trabajos de manera objetiva y creativa. La forma rígida – 20 diapositivas de 20 segundos – a la cual se añadía el movimiento automático,  garantizaba que las presentaciones darían directo al blanco, sin tiempo para divagaciones. La idea fue tan bien recibida que rápidamente se instauraron las Noches Pecha Kucha en las más variadas ciudades del mundo, dedicadas a los más diversos temas.

Aunque la idea inicial era utilizar la técnica con “adultos”, a mí me pareció curiosa y desafiadora, bien al gusto de los adolescentes con quien trabajaba.

Lo hicimos por primera vez con muchachos de 12 años, y se salieron muy bien. Al principio, no entendían como la diapositiva cambiaría sin que apretaran algún botón (fácil: hay que utilizar el recurso “Transições”, ajustar duración para 0,01 y marcar la opción “Avançar slide após 00:20”. Luego, se dieron cuenta que la parte técnica era la más simple: difícil era planear el contenido de la diapositiva – imágenes y texto elegidos a dedo – y hacerlo casar con el habla, sin perder parte del mensaje. Todo porque no sería posible retrasar nada: las diapositivas no esperaban y seguían adelante, como magia.

Presentación lista, hora de entrenar. ¡Y mucho! Sincronizar habla e imágenes ya es difícil en lengua materna; en otro idioma entonces… ¡Ni hablar!

Una actividad como esa abre las puertas para el desarrollo de un sinfín de habilidades: tuvieron que apropiarse de una herramienta digital, manejar la información de manera crítica y precisa, planear el discurso para comunicarse con eficacia… Y, además, hablar en lengua extranjera.

Si te animas a intentarlo, puedes utilizar la técnica en una clase expositiva (¡no van a despegar los ojos de ti!), en pequeños grupos, con menos diapositivas si los chicos son muy jovencitos… La forma o la herramienta, de verdad, no interesan. Interesan los resultados.