No sé si pedir perdón ahora, en la primera línea de este artículo, o esperar al final. Si lo pido ahora, se me ocurre que pueden pasar varias cosas: una de ellas, la que más me preocupa, lo confieso, es que abandones la lectura y pasen, estas 538 palabras a la papelera o, peor aún, directamente a la basura. Porque si triste y sola me parece una estancia en una papelera, por muy acompañado que te encuentres y por bonita que la pinten, tristísimo y misérrimo me parece el alojamiento que ofrece un cubo de basura, pensadlo; otra cosa que podría ocurrir si te pido perdón de antemano es que, inconscientemente, te determine a prejuzgar con dureza este humilde artículo cuya única pretensión es la de algo tan sencillo como provocarte, aunque sea una reacción impar, pero provocarte. No sé…

También tengo la opción de pedir perdón al final; algo así como te suelto mi perorata, me quedo más a gusto que un narcisista en un gimnasio sacando bíceps frente a un espejo, pero te ofrezco mis disculpas si te sientes ofendido, engañado o estafado por haber leído este artículo. Me inclino más por esta alternativa, pues, entre otras cosas, ya he perdido la oportunidad de hacerlo en la primera línea. No sé, no sé…

No perdamos, en cualquier caso, la perspectiva del tiempo —malhadado para unos, bendito para otros— y relativicemos la línea esa que transcurre incesante para todos. Así, cuando caiga en nuestras manos una lectura, démosle una oportunidad. De acuerdo con que el tiempo es oro y brilla por su ausencia; de acuerdo con que hoy escribe cualquiera ーa las pruebas me repito*ー y gracias a las redes cruza el charco aun sin flotador y ni tan siquiera inserto en una botella; de acuerdo, también, con que hace calor, con que qué pereza ahora leer esto o leer aquello…

Pero a pesar de todo ello, seamos valientes e intrépidos, decididos, críticos, optimistas y juguemos a poner una sonrisa, no es necesario que sea la mejor, pero que, al menos, sea. Que cuando caiga una lectura liviana en nuestras manos, no la cercenemos y la peguemos directamente en la carpeta de lecturas pendientes, ni la depositemos, aun con honores, en el cementerio de los artículos olvidados, la papelera. Más bien al contrario, hinquémosle el diente como si de una fruta jugosa y exquisita se tratase. Fruta que nos aviva el juicio y nos alimenta el espíritu; fruta, que aunque frugal, nos sacia el intelecto e hidrata nuestras papilas pensativas.

 En definitiva,  aunque sea flojito y ahora que nadie nos lee, pensemos una cosa: ¿cuántas lecturas pasan delante de nosotros, las postergamos para un mejor momento y ahí están, ahí siguen, solas todas ellas envejeciendo sin ser leídas? El otro día, sin ir más lejos, me topé con una de cuando guion llevaba tilde.   [Me llevo las manos a la cabeza]

Llegados a este punto, te pido perdón, lector o lectora, tanto da, por robarte estos cuatro minutos de vida si es que hasta aquí has llegado.

 *Si en este momento de la lectura has sonreído, tranquilo, solo es porque has visto Airbag.

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