En mi texto del mes pasado traté de los métodos, abordajes y creencias. Me referí a los diversos conocimientos que fundamentan la formación de profesores y llamé la atención hacia la importancia de observar el peso que tienen las creencias y sus impactos en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Ahora, quisiera compartir con ustedes algunas ideas relacionadas con el tema anterior  y aquí me refiero en concreto a lo que se conoce por necesidades formativas. Pasemos, pues, a este punto.

Al analizar los documentos que sirven de guía para la enseñanza – y en especial la de las lenguas en el ámbito escolar – se enfatiza una educación lingüística que proporcione a los sujetos una formación ciudadana; que se lleve en cuenta la diversidad de conocimientos, contextos y sujetos; que se valoren las diferencias y las heterogeneidades culturales y lingüísticas; que se comprendan los textos y discursos producidos en la sociedad; que se articulen los diversos conocimientos, como se nota en la propuesta de los temas transversales, entre otros aspectos.

Por lo tanto, es imprescindible que tengamos presentes algunas necesidades formativas en cuanto a la actuación docente como, por ejemplo, la de identificar cuáles son las diferentes necesidades con respecto a la formación propiamente dicha, relacionadas con la didáctica, práctica, investigación y trabajo; necesidades asociadas con el conocimiento del idioma por parte de los profesores; necesidades relacionadas con la articulación de los diferentes conocimientos que forman parte de la formación profesional; necesidades relacionadas con el empleo de las diferentes tecnologías de comunicación e información, y aun, con las innovaciones científicas; necesidades relacionadas con el tratamiento de las diversidades de los grupos.

Entender en qué consisten esas necesidades tiene que ver con la valoración de nuestra profesión,  implicada con una formación amplia e integrada, en consonancia con las exigencias de nuestra sociedad en lo que atañe a la educación y formación ciudadana.  Siendo así, se defienden la profesionalización de la enseñanza, de forma que se superen ideas y prácticas anacrónicas; el constante perfeccionamiento y esfuerzo de actualización de los profesores; el establecimiento de relaciones éticas entre los profesionales que repercutan en la práctica, y aun, el respeto a la relativa autonomía de las instituciones.

Como se nota, por un lado, se toma como fundamental la participación de los docentes,  considerados actores y agentes de transformación social; pero, por otro lado, se asume que ellos no actúan aisladamente ya que tenemos que pensar en términos globales, o sea, en un programa de acción, del cual los docentes son una parte importante. Esta mirada presupone reconocer que los docentes constituyen un aro importante de una cadena y que no se puede ignorar u olvidar la complejidad y diversidad de los distintos contextos de enseñanza, condiciones de trabajo y perfil de los alumnos y docentes.

El diagnóstico de las necesidades, por lo tanto, puede orientarnos en cuanto a la definición de objetivos factibles y realistas y más cercanos a la acción de los profesores de la realidad social y cultural en que efectivamente actúan. Asimismo pueden ayudarnos a elaborar planes de formación que respeten la realidad de los centros de enseñanza y compatibles con las exigencias de una formación crítica, ética y reflexiva y, por lo tanto, nos señalan vías de acción que podrán llevarnos a ajustar nuestras propuestas formativas a las necesidades de enseñanza y aprendizaje requeridas por la sociedad.