Soy de la generación que quiso hacer un giro de 180° en la educación de los hijos. Estoy hablando de quienes fuimos padres a fines de la década del 70 y comienzos de los 80. No quisimos repetir el modelo rígido bajo el cual fuimos criados que, reconozcamos, con sus defectos y virtudes nos hizo adultos, pero pagando un precio muy alto. Todo ello nos determinó a mostrarles a nuestros hijos que los importantes eran ellos  y no nosotros, con lo cual subvertimos el orden de prioridad en el que habíamos sido criados y, al mismo tiempo, entramos en la trampa de que nuestra generación nunca fue importante: cuando éramos chicos, los importantes eran nuestros padres y, cuando llegó nuestra hora de tener hijos, los importantes eran ellos y no nosotros, con lo que quedamos perdidos en la noche de los tiempos, preguntándonos cuándo había sido nuestra vez…

Demostrar a nuestros hijos que eran importantes significaba escucharlos, prestarles atención, atender a sus necesidades siempre que no fuera notoriamente contraindicado y, sobre todo, alentarlos siempre. Si tocaban la guitarra, aunque no tuvieran talento, siempre les decíamos “¡Muy bien!”; lo mismo si se sacaban cualquier nota arriba de 6 en el colegio o si hacían cualquier dibujito. Lo importante era nunca desalentarlos y siempre hacerlos sentir aprobados.

Observo el comportamiento de la generación de padres que hoy está arriba de los 30 años, producto de aquella educación que nosotros dimos, y veo algunas diferencias. En primer lugar, son padres noveles con diez o quince años más que nosotros, lo que supondría una mayor experiencia de vida y, sin embargo, parece que la experiencia exterior no los ayuda mucho y el ser padres más tarde les ha traído más miedos que soluciones.

Si les enseñamos a nuestros hijos que ellos eran importantes, esa importancia es poca comparada con la que tienen los hijos de nuestros hijos, alrededor de los cuales giran muchos adultos porque la gran mayoría son hijos únicos. Padres, abuelos, tíos, todos en torno de estos niños. Evidentemente, la relación per cápita de adultos por niño en una familia ha aumentado exponencialmente, con lo cual estos niños son protegidos en una medida bien mayor de lo que lo fueron sus padres.

Sin embargo, algo ha cambiado en el comportamiento de los padres frente a los que sus hijos hacen: no esperan a que traigan cualquier resultado para aplaudirlos y se sientan aprobados; por el contrario, se anticipan y, desde muy pequeños, los están entrenando para el mundo competitivo en el que van a vivir: tienen que aprender tempranamente las letras, los números, a cantar en más de un idioma y parece que el entretenimiento siempre tiene que tener una parcela de aprendizaje, no basta que jueguen por jugar. Pero al final, el premio que reciben es el mismo: “Muito bem!”.

En varios posts he comentado que le hablo a mi nieta de dos años en español para que aprenda la lengua naturalmente y conserve sus raíces (¿será que yo también la estoy entrenando?), con un resultado de comprensión perfecta, pero cero producción.

Pues estos días, ella hizo un dibujo (un verdadero garabato) y antes de que yo abriera la boca, ella sola se aplaudió y me dijo, en español: “¡Muy bien!”