Están disponibles en Netflix las tres temporadas de Merlí, una serie catalana cuya acción transcurre en una escuela pública de Barcelona. El personaje principal, un profesor de filosofía “políticamente incorrecto”, llega a su primer día de clase con el siguiente discurso:

“Quiero decir que me propongo contagiaros mi interés por la filosofía. […]
Estoy hasta los cojones de la gente que dice que la filosofía no sirve para nada.
Parece que el sistema educativo ha olvidado las preguntas ‘quiénes somos’, ‘de dónde venimos’, ‘adónde vamos’… Ahora solo importa qué empresa montamos, cuánta pasta ganaremos…
La filosofía sirve para reflexionar. Reflexionar sobre la vida, sobre el ser humano, y para cuestionarse las cosas. A lo mejor, por eso se la quieren cargar, la encuentran peligrosa.
La filosofía y el poder tienen una tensión sexual no resuelta. […]
La filosofía no es solo un conjunto de preguntas profundas y verdades absolutas. La filosofía es poner patas arriba todo lo que damos por sabido.
¡Hostia! Tenéis todos una cara de empanados… […]
En contra de lo que piensa mucha gente, los adolescentes no sois tontos. […]
Lo que pasa es que estáis dormidos. No levantáis el culo de la silla si no es porque os han cogido el móvil. Os quiero ver despiertos, con las antenas puestas, atentos a lo que pasa a vuestro alrededor, preparados para asumir las contradicciones y las dudas que plantea la vida y para afrontar las adversidades y, sobretodo, como que en esta vida no siempre se gana, para aprender de las derrotas”.
¿Entretenimiento o material auténtico? ¿Muestra de lengua o antiejemplo?

La serie presenta temas actuales, como la independización de Cataluña y jóvenes relaciones homosexuales, además de tratar de la cultura escolar y callejera y de la relación profesor-alumno. Más allá del profesor polémico, están los alumnos y los demás docentes, verdaderos recortes de tipos humanos: la amiga a la que nadie quiere como novia, el guapete que no se involucra afectivamente con nadie, el inseguro sobreprotegido por la madre, la rebelde que viste negro, entre otros.

Sin embargo, pese a la aparente adecuación rasa de la serie a los temas de la “vida real” y a los objetivos de formación educacional –como vemos en las palabras inaugurales de Merlí–, hay que estar preparado para llevarla a clase.

El abordaje osado de los temas basado en la filosofía requiere dominio del área, capacidad para administrar situaciones-problema y, lo más difícil, rotura de paradigmas de comportamiento. ¿Estamos listos para ello? ¿Nos resulta fácil cambiar toda una vida de creencias y padrones?

Si la serie no sirve para llevarla a clase y sacar de ella temas lingüísticos y culturales que podrían contribuir al desarrollo de nuestros alumnos por hacerles pensar, sí se presta a formarnos. La curaduría de mundo que hacemos para ellos, ¿no servirá también para nosotros? ¿Cuántas veces nos dedicamos a reflexionar sobre nuestra práctica?

“Os quiero ver despiertos, con las antenas puestas, atentos a lo que pasa a vuestro alrededor, preparados para asumir las contradicciones y las dudas que plantea la vida y para afrontar las adversidades y, sobretodo, como que en esta vida no siempre se gana, para aprender de las derrotas”.

Con esas palabras de Merlí os invito a pensar sobre vuestros papeles como profesores que tienen el poder y la responsabilidad de ser ejemplo y de incitar a los alumnos a que piensen más allá de las asignaturas.

Si sustituimos “la filosofía” por “el lenguaje” o “las lenguas” en el discurso de Merlí, vemos como se asemejan porque ambas son instrumentos de reflexión. Usémosla para desarrollar a nuestros peripatéticos y a nosotros.

Seamos Merlí, a nuestro modo.