Procuro en mis artículos que las letras ganen a los números; pero que ganen limpiamente, sin más, en número, sin librar batalla alguna y que las letras no se tiñan de sangre… Con las letras no deseo iniciar ningún duelo, mas sí quiero valerme de ellas ―sé que me lo permiten― para poner negro sobre blanco su relevancia.

Dicho esto, atengámonos ahora al idioma, pues del español vengo a hablarles y más concretamente del español allende los mares, aunque a fin de cuentas, tanto da si es el de acá como si es el de allá.

El español ―sin números de por medio, insisto― es el idioma oficial de México, Guatemala, Honduras, Uruguay, Perú, Costa Rica, Bolivia, Argentina, Colombia… y no sigo, pero hay más, ustedes saben. El español, decía, salpica a América del Norte pero inunda al resto del continente americano. Eso es una realidad y por mucho que quieran, nadie se puede abstraer de ella; o no deberían, para mejor decir.

Así, quien tenga la suerte de viajar a Brasil, o morar allí, directamente, mire hacia donde mire, verá, en lontananza, a una persona hablando español.

En una versión idílica de los acontecimientos, podríamos decir que el portugués de Brasil y el español del resto de sus vecinos se dan la mano, cohabitan.

Con estos ingredientes lingüísticos, el estado lógico de la Lengua española en Brasil sería, a mi entender, un estado de bienestar. Bienestar porque sí; porque el español lo vale; porque sus países vecinos quieren entenderse con ellos y ellos con sus vecinos; porque el español y el portugués se complementan de manera natural y lógica, por historia, porque en el vetusto latín indoeuropeo se encontraron… Sobran porqués, ustedes ven.

Ojalá leyeran estas palabras los responsables brasileños de que el español haya sido cercenado de la enseñanza obligatoria; ojalá reconsideren lo antes posible tan arbitraria decisión; ojalá, puestos a desear, atiendan los anhelos de profesores y profesoras de español ávidos de enseñar cuales quijotes pero sin armadura; ojalá los responsables de esta situación comprendan que con esta imposición que imploro, el español como segundo o tercer idioma obligatorio, se harán más grandes y no más pequeños. Que Brasil, con toda su grandeza, puede aún ser más rico.

Me apena pensar en la ingente cantidad de escolares brasileños que se han topado, sin comerlo ni beberlo, con esta sinrazón. Meros sujetos pasivos de un triste espectáculo para el que, me temo, no han sacado boleto.

¿Con cuántos de estos escolares han hablado los responsables de tamaña afrenta antes de adoptar esa imposición? No, no me contesten, me aventuro con una respuesta que callo sin temor a equívoco.

Me duele España, dijo Unamuno, y mi torpeza e incultura no me remite a ningún ilustre brasileño pero estoy seguro de que a más de uno, ahora, le duele Brasil.

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