Una vez más, un mes más, me siento frente al ordenador sin saber qué escribir. Estas letras iniciales son, por tanto, fruto de la inercia de mis dedos sobre el teclado del ordenador.

Como no sé qué escribir, quizá, se me está ocurriendo ahora, escriba precisamente sobre eso; sobre lo difícil que es escribir cuando no se tiene una disciplina ad hoc. Al menos así lo siento yo. No sé vosotros, escribientes, si pensáis, padecéis o adolecéis del mismo mal que yo. Esto es, cuando escribo con regularidad las letras fluyen solas, brotan ligeras y dan el fruto que busco; fruto rico y sano que me alimente y, si puede ser, que os alimente a quienes leéis mis letras, vuestras ya. Ahora bien, si escribo de cuando en cuando porque tengo que atender otros menesteres o simplemente porque me dejo llevar y vivo, estas vivencias me alejan de la silla en que me hallo en estos momentos. ¡Ay, mísero de mí!, que, si a Mecano le costaba tanto olvidarnos, a mí me cuesta tanto escribir…

Luego está lo del estado de ánimo; como no soy poeta, como en lugar de escribir nauta me sale marinero, no necesito que la tristeza me dicte al oído, susurrante, tierna, fiel compañera, las palabras unas tras otras para componer un texto. Yo, mal que bien, *sobre todo escribo desde la alegría. Y no es que me vaya mal, no, y por eso me cueste escribir, stop dramas, pero claro, uno va cumpliendo años y cada vez son más casos y cosas las que van adornando mi devenir y, ¡atención!, todas, todas, deben estar correctamente alineadas… De lo contrario, no me llegan las palabras.

Ya tenemos, al menos, un par de situaciones bajo las cuales mi verbo se esconde, timorato, esquivo, en pos de un momento mejor. Pero hay más situaciones; como cuando me siento ―diligente, presto― con la sana intención de escribir y viene hacia mí un trocito de mi corazón porque me ha visto tecleando. Llega, se sienta sobre mis piernas sin pedir permiso —hace unos meses lo pedía, prudente, <<papá, ¿puedo?>>— y me dice, emocionante, expectante, que él también quiere escribir un libro, que si puede. Y yo, conmovido: <<Claro que puedes, hijo>>. Acto seguido, otro pedacito de mi corazón acude, tambaleante pero diligente, y trunca el momento para darle brillo a la nueva escena que llega; me mira, lo miro, sonríe y, afanoso, escala y conquista la pierna derecha. Y <<papá, yo también quiero>>. Mis dedos, ahora torpes, no atinan con el teclado, pues treinta son multitud. Retiro mis diez y les dejo hacer; les dejo que compongan, letra a letra, los niños, su relato.

Y yo ahí me quiebro y me rompo, mas me yergo emocionado, y lo tengo claro: el capítulo o el artículo, amigos, que esperen. Porque si escribir me da la vida, escenas como estas me la multiplican por el infinito y más allá.

 

*Aprovechemos que el Pisuerga pasa por Valladolid para comentar que sobre todo, cuando de una locución adverbial se trata, que es el uso que normalmente le damos, se escribe como la veis, separada. Y sobretodo escrito así, en una sola palabra, es otra cosa: concretamente, una prenda de vestir.

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