Ahora, con la llegada de las vacaciones de verano (en esta parte del mundo donde vivo), uno se propone hacer muchas cosas. Algo diferente para salir de la rutina, aprovechar para descansar y, desde luego, leer. Este es uno de los propósitos más comunes y mejor intencionados de la mayoría de la gente (aunque pocas veces conseguido en la medida en la que nos lo proponemos) de cara a las vacaciones. Unos cuantos libros nos están esperando en la estantería, y el primer dilema es decidir por cuál empezar.

Tenemos pendientes libros de ficción, que nos atraen especialmente porque nos relajan, o nos divierten, nos muestran la visión del mundo de personas interesantes que interpretan lo que les pasa de manera especial y se dan el trabajo de contárnoslo por escrito. Pero nosotros somos profesores, y tenemos también unos cuantos libros esperando de esos que hay que leer con lápiz y papel en la mano. Lo cual, para empezar, ya dificulta bastante la lectura casual en la playa o en ese momento imprevisible previo a la siesta…

En fin, es una responsabilidad. Y estaba yo justamente en medio de esta terrible toma de decisión (¿qué libros me llevo de vacaciones? ¿solo placer, o placer y trabajo?) cuando me salta a la cabeza una cita de El Quijote que dice así:

“Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vaguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes.” (Cervantes, M., El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, Primera Parte, capítulo XXXVIII)

Y pienso, “si al menos yo fuese eminente”. Entonces empiezo a imaginar al pobre Cervantes, él sí eminente donde los haya, sufriendo de falta de sueño por escribir (con papel y pluma), pasando hambre y vistiendo precariamente (no le dio tiempo a cobrar derechos de autor), trabajando, leyendo y escribiendo hasta el agotamiento, exhausto… Y el sentido de la responsabilidad se hace entonces más intenso.

Sin embargo, aunque por un momento me muestro vacilante y estoy a punto de meter en la maleta también los libros de trabajo, decido de repente que no. Dejo a un lado el sentimiento de culpa y me digo que me merezco un descanso. Me llevo solo los libros que me apetece mucho leer. En especial, Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño.

Así que, ya en el último momento antes de salir de casa, con la maleta aún abierta delante de mí, miro el libro con sus casi seiscientas páginas y letra pequeña, anticipo parte del placer que estoy segura me va a dar este verano, lo agarro con las dos manos y le digo: “solo tú”.