Siempre me han llamado la atención los kioscos; el continente y, sobre todo, el contenido. De pequeño pensaba que ser kiosquero era producto de un castigo. Esto es, que una persona trabajaba allí porque algo malo había hecho. Tal era –y aún hoy es– la angustia que me produce la imagen. A pesar de esa pueril zozobra, el sentimiento, con el paso del tiempo, se tornó ambivalente. Ahora, cuando miro a un kiosquero sé que no está castigado, pero no por ello deja de producirme cierta congoja saber que tiene los movimientos tan limitados; y por otro lado, sé que está bien porque trabaja rodeado de libros, de letras. Tiene, al alcance de su mano, el poder de la lectura; ni más, ni menos. Y, además, tiene donde elegir. ¡¡Y gratis!!

<<[…] Y lo que en un principio solo había en la cabeza de unas personas pudo llegar a muchas otras a las que ni siquiera conocían, inventando una maravillosa forma de hacer viajar las palabras que cambiaría el mundo para siempre: la lectura>>.

Este fragmento forma parte de un cuento de Pedro Pablo Sacristán, Las palabras viajeras. Todas las noches lo leo y aunque podría hacerlo con los ojos cerrados, los abro para ver la cara de mi hijo. Desde hace ya un par de semanas, el cuento lo contamos los dos; yo comienzo las oraciones y él las termina.

Aprender a leer supone, efectivamente, toda una revolución para el ser humano. Él todavía no lo sabe, pero su vida le ha cambiado para siempre; ya sabe leer. Si aprender a hablar es todo un hito en el desarrollo evolutivo, aprender a leer supone una proeza consecuente pero no por ello menos mítica.

Palitos cortos, palitos largos, curvas inconexas. Ora juntas, ora separadas; unas grandes, otras pequeñas… provenientes de cualquier rincón y que pululaban antaño en mi cabeza, las letras, de repente, unas seguidas de otras, van cobrando sentido. Ahora voy andando por la calle y no miro al suelo. Dar patadas a las piedras y pisar los charcos ya es cosa de los pequeños. Salgo a pasear con mi abuelo o mis padres, les doy la mano y tras cada descubrimiento, aprieto fuerte sus manos. Ahora resulta que sé cómo se llama mi tienda favorita; las letras que habitan mi clase son algo más que un simple adorno y lo que la seño escribe en la pizarra ya me dice algo. ¡Sé leer! Por fin seré un poquito más protagonista de mis cuentos –leer un cuento–; emocionante, ¿verdad?