Hoy, en el simbólico Día Internacional de la Mujer, deseo proponerles algunas reflexiones sobre los símbolos en nuestro cotidiano. Hay informaciones con las que convivimos a diario y que por ser tan comunes se convierten en naturales en nuestro imaginario. Un ejemplo, por cierto, muy adecuado a la fecha que se celebra hoy, es el de los nombres de las calles de la ciudad.

De acuerdo con el sitio www.nueva-ciudad.ar, tan solo 59 de las 2165 calles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), el 3%, tiene nombres de mujeres. Eso no significa que el 97% tenga nombres masculinos, pues las calles y otros bienes públicos como estadios, glorietas y plazas recuerdan también fechas, lugares, hitos históricos, o, simplemente, nada. Pero, seguramente, la tasa de calles con nombres masculinos será mucho más alta.

Lo mismo sucede en las ciudades brasileñas, aunque no en la misma proporción. Otro reportaje informa que de las 70 mil calles de São Paulo, solo 5 mil tiene nombres de mujeres, mientras 27.500 tienen nombres de hombres, o sea, el 40% de las calles paulistanas homenajean a hombres, y tan solo el 7% recuerdan a mujeres.

A través de una breve investigación en Google encontramos otra información que complementa las anteriores: el diario La Nación de Argentina informa que el 40% de los barrios porteños no tienen calles con nombres de mujeres y que el barrio de urbanización más reciente, Puerto Madero es el más nombres femeninos tiene.

Tales presencias y omisiones pueden parecer un dato superfluo, pero no es así en absoluto. Como se comenta en uno de los reportajes, no somos responsables de la elección del nombre de nuestro país, provincia o ciudad, pero las motivaciones vinculadas a todos esos nombres, lo queramos o no, forman parte de nuestra identidad. La arquitecta brasileña Terezinha Gonzaga, destacada estudiosa de las relaciones entre arquitectura y género en Brasil, dice que en esencia la ciudad no es democrática, una vez que el espacio construido refleja las relaciones sociales, económicas y culturales características de la sociedad que la erige.

Así, las ausencias de las referencias femeninas sí indican desigualdad. En un nivel sutil y muchas veces cruel, precisamente porque nunca se discute el tema, porque es difícil abstraer la mirada a punto de ser capaz de divisar algo tan enraizado en nuestro cotidiano – como esos símbolos – que tomamos como algo natural. Pero no son más que rasgos de una cultura de desigualdad.

En este sentido, hay iniciativas dignas de encomio, como la de una concejala de Curitiba, Paraná, que propuso un proyecto de acuerdo con el que los concejales que propongan nombres para bienes públicos de la ciudad obedezcan la proporcionalidad entre nombres masculinos y femeninos. Si consideramos que el porcentaje de varones y hembras en Brasil es más o menos parejo, con ligera tendencia a la mayoría femenina, la iniciativa constituye una manera de representar materialmente, un dato numérico real de la sociedad.

Pienso que el tema es relevante en cualquier ámbito educativo y en el trabajo intercultural del profesor de lenguas se trata de toda una oportunidad de hacer ver lo que es invisible y traer a colación temas de los que nunca se habla (pero se debería).

Hasta pronto y ¡feliz Día Internacional de la Mujer!