La vida es llena de contradicciones. Y el tema de la variación lingüística es uno de los temas más controvertidos en el sentido de que muchos investigadores están en contra de las visiones estructurales de la lengua basados en el argumento de que las lenguas no son objetos estables, congelados, pero dinámicos, cambiables y cambiantes. Sin embargo, a esos mismos investigadores les cuesta tratar la lengua de manera heterogénea en sus práctica investigativas y docentes reales.

El caso del español es un ejemplo emblemático de esa contradicción. Todo el mundo sabe que el español es una lengua que se habla en muchos lugares pero en la enseñanza de español en Brasil se sigue con una visión homogénea de la lengua (obsérvense los diversos estudios que se hacen cuyos títulos contienen “… en español” o “… en español y portugués brasileño”). Las preguntas que hago son: 1) ¿todas las variedades del español funcionan de igual manera? 2) Si se asume que las lenguas son variables, vivas, dinámicas, ¿por qué se resiste a incorporar el tema de variación lingüística en la práctica investigativa y docente real? Creo que, en el caso del español, hay dos posibles respuestas para esas preguntas: 1) hay un énfasis grande, en los cursos de formación de profesores, en los métodos de enseñanza más que en la materialidad lingüística objeto de la enseñanza. Eso hace que la reflexión lingüística (no sólo sobre la estructura de la lengua, sino también sobre su historia y situación social) quede fuera del espectro de la formación de profesores generando un aluvión de creencias equivocadas sin fundamentación científica. 2) El influjo de los órganos políticos de expansión del español, que tienen una perspectiva unificadora y hegemónica.

José Pedro Rona, en un conocido artículo del año 1964, dijo de manera muy ponderada y coherente que la homogeneidad del español americano es uno de los numerosos mitos que circulan en torno de la lengua y nadie se dispuso a comprobar su veracidad o falsedad y concluye que la razón es que, quizás, se haya empezado a hablar del español americano antes de conocerlo. En ese mismo artículo, Rona critica la propuesta de Pedro Henríquez Ureña de 1921, sobre la división dialectal del español americano (ésa fue la primera propuesta, o por lo menos la más conocida, de división dialectal del español americano). Lo más interesante es que, aunque haya habido una serie de críticas a la propuesta de Henríquez Ureña (ya sea por José Pedro Rona, o por investigadores más recientes como María Beatriz Fontanella de Weinberg, en 1993), la propuesta se vino reproduciendo en diversos trabajos, como el célebre libro “Qué español enseñar” de Francisco Moreno Fernández, que la reproduce sin cualquier observación de que recibió muchas críticas.

Participé recientemente como profesor invitado en un proyecto de internacionalización que se ganaron tres universidades argentinas y he podido estar en dos ciudades argentinas de regiones distintas: Buenos Aires y San Miguel de Tucumán. Aunque todo sea español argentino (siguiendo a Noam Chomsky, esa sería una defición de lengua del sentido común pautada en cuestiones sociopolíticas. cientificamente “el español de argentina” o de cualquier lugar no existiría), hay diferencias muy claras entre las dos variedades, incluso diferencias de orden pragmático, que pueden provocar problemas en la comunicación: en el plano fónico, en Tucumán rehilan la RR de manera que, sin contexto, sería difícil para mí distinguir “rubia” de “lluvia”, ya que la LL de Argentina es también rehilada. En el plano morfosintáctico, en Tucumán usan predominantemente el pretérito perfecto compuesto “ayer he estado” y también usan el artículo delante de nombres femeninos “la Silvita”. En el plano pragmático, como ya señaló Maria Beatriz Fontanella de Weinberg, en 1979, en Buenos Aires hay diferencia entre “no cantes” y “no cantés”. La primera es menos impositiva que la segunda, que tiene un tono muy tajante. En Tucumán sólo dicen “no cantés”, sin atribución de valor pragmático específico. Posiblemente, a primera vista, cuando un tucumano le diga a un porteño “no cantés esa canción”, haya una interpretación equivocada dado que pragmáticamente están en lugares diferentes.

Hasta aquí, he hablado de América. Pero España también “se cuela” en esa discusión, como ya bien señaló Inés Fernández Ordóñez en diversos de sus trabajos.

Diversos estudios muestran que la homogeneidad del español está pautada en los niveles más cultos, a partir de una perspectiva normativa de la lengua y, principalmente, con fines políticos.

Los profesores de español deben estar atentos en su formación para no seguir reproduciendo mitos ni perspectivas equivocadas sobre las lenguas, dado que, como especialistas en lenguaje, tienen que tener respaldo teórico y científico para hablar del lenguaje. En ese sentido, es muy importante (si es que, una vez más, la perspectiva intercultural está dirigiendo la enseñanza de lenguas) abandonar los prejuicios lingüísticos, tener oídos y ojos atentos a los datos producidos por los hablantes (más que los datos impuestos por la normativa) y tener en cuenta, de hecho, que las lenguas son vivas y variadas y que los distintos procesos históricos pueden haber condicionado las distintas variedades de maneras diferentes.