La expectativa es la medida de nuestras emociones. Cuanto mayor es la expectativa, mayor será la decepción y esto se puede aplicar a todos los órdenes de la vida, inclusive a los viajes.

Los documentales de la tele nos muestran cómo se hizo el hotel de Dubai que parece una vela inflada por el viento y la construcción de los barrios con forma de palmeras en terrenos ganados al mar, como forma de aumentar el litoral del emirato. La verdad es que, de las tres palmeras proyectadas, una sola ha sido llevada a cabo; la segunda está con las obras de dragado paradas, y la tercera no ha pasado de la cerca del terreno de la costa.  La única construida, aunque no terminada, tiene un conjunto de edificios de no más de diez pisos que bordean la avenida central, de la cual salen las ramas, formadas por casas una al lado de la otra con entrada por tierra y por el canal.

Al fondo, majestuoso, un hotel colorido se levanta impidiéndonos ver el mar excepto por el arco central, en estilo árabe y con varios pisos de altura, que separa los dos inmensos pabellones del edificio. Todo es superlativo en este país, a excepción de la población. Solo el 15% de los habitantes son nativos y el resto son extranjeros que vinieron a trabajar, a hacerse la América… que ya no queda en América, sino, pensamos, en Dubai: indonesios, filipinos o hindúes, en su gran mayoría, algunos brasileros, uno que otro argentino. Pero ¿quiénes viven en el barrio de la palmera? En los pequeños balcones no hay plantas (bueno, no nos olvidemos que estamos en el desierto); tampoco se ven tendederos de ropa (huellas delebles de que hay habitantes); en las ventanas no hay cortinas (quizás los vidrios, oscuros en su mayoría, son suficientes para filtrar la fuerte luz del sol junto al mar)… Nos falta la prueba irrefutable: de noche, paseando por la avenida, prácticamente no hay ventanas iluminadas. Esto nos confirma lo que ya sospechábamos: la Palmera es una ciudad fantasma y América no queda más en Dubai.