Como ya les comenté, soy traductora y trabajo en casa, delante de la computadora y al lado del teléfono. (Y de los diccionarios, del perro, del gato, y muy a menudo al lado de una taza de café. Ah, sí, mi marido trabaja del otro lado de la mesa.)

A cada rato suena el teléfono.

Un caso.

  • ¿Usted es traductora?
  • Sí, ¿en qué puedo servirle?
  • ¿Cuánto cuesta una traducción?
  • Depende del tamaño del texto, del tipo de documento, depende de qué se trata…
  • Es la Partida de Nacimiento de mi abuelo.
  • Y ¿con quién hablo, por favor?
  • Yo soy el nieto.
  • Mucho gusto…

(Desde luego, no era esa la respuesta que yo esperaba…)

Otro caso.

– Hola, soy Alicia, Ud. me hizo unas traducciones hace un par de años. Ahora me urge traducir unos diplomas.

– Bueno, mándeme los diplomas que yo le hago un presupuesto.

– ¿Y cuánto tarda?

– Unos 5-6 días.

– ¿Tanto? ¿No puede ser antes? Es que es muy urgente porque la Facultad exige… (etc.)

Cuatro semanas después…

  • Hola, soy Alicia, hablé con Ud. (etc.). Ya tengo los diplomas y necesito las traducciones con urgencia…

(Sin comentarios.)

Y otro más.

– Buenos días, señora. Me llamo Pablo. Pablo xxxx. Mi padre falleció hace un mes y estamos haciendo los trámites para la pensión de mi madre, que le corresponde por ser la viuda. No es fácil, se lo aseguro. Nos piden una cantidad de documentos. Yo entiendo, porque dicen que ocurren diversos tipos de fraude. Cosa bastante común hoy día. Pero no es nuestro caso. Mi padre trabajó años de años y aportó a la Seguridad Social y ahora resulta que debemos comprobar esto y aquello, piden una serie de documentos, Partida de Nacimiento, de Casamiento, Acta de Defunción, y hay que emitir una tal Apostilla de la Haya, y luego traducirlo todo, y…

(… y sigue por otros 10 minutos…)

Yo no me burlo de la gente ni de sus apremios, pero a veces pienso que debía abrir un consultorio, digo, una consultoría…