Uno de los numerosos mitos que perviven en la enseñanza de español en Brasil es el de que en España se habla un español mejor y más puro que en América porque, en América, la lengua tuvo muchos contactos con muchos pueblos y culturas. De hecho, ese mito está superado en la academia a partir de los posicionamientos científicos de la lingüística general y la lingüística histórica, sin embargo sigue vivo en los últimos 20 años en todos los trabajos que analizan las creencias y actitudes de los aprendices y profesores de español en Brasil (Bugel, 1999; Irala, 2004; Bugel y Santos, 2010; Zolin-Vezs, 2013; Santos, 2016).

Hoy quisiera volver al tema, que es uno de los resultados de Irala (2004, p. 109) sobre qué español prefieren los profesores de español en una región de la frontera entre Brasil y Uruguay: “Prefiro o Espanhol da Espanha, porque é o mais puro, pois é a língua-mãe. O Espanhol da América já teve muitas influências de outros povos e costumes”. La pregunta que surge es cómo un profesor/estudiante de una licenciatura en filología pueda imaginarse que haya lenguas más puras que otras y detrás de esa pregunta viene qué serían lenguas puras.

La historia del español ha mostrado que el español ha sido todo menos una lengua “pura”. Si analizamos con atención y sin nacionalismos la historia lingüística de la Península Ibérica, vemos que siempre ha sido una caldera lingüística: antes de la llegada de los romanos, diversos pueblos con lenguas diversas vivían allí. Los romanos, bajo un proceso de expansión violento, impusieron el latín (violento porque no se pasó a hablar latín de la noche a la mañana sino que fue un arduo y largo proceso de imposición lingüística que culminó en la dialectalización de la Hispania romana). Más tarde, llegaron diversos pueblos germánicos, que se alojaron en diversas partes de la Península hasta que los visigodos los sometieran. Poco más tarde, llegaron los árabes, que no eran un grupo uniforme, al revés, eran muchos y se peleaban entre si por el derecho a gobernar. En ese ambiente de diversidad lingüística nace el castellano, entre uno de los diversos dialectos románicos que, en el norte, resistieron a las invasiones árabes (aunque en el sur se hubieran quedado los mozárabes, que se ajustaron al poderío árabe durante los siglos).

La escuela de filología española nos cuenta que el castellano se impuso sobre los demás dialectos del norte y los absorbió descendiendo en forma de abanico por la Península hasta el siglo XV. Esa narrativa, con perspectiva nacionalista (la hegemonía de Castilla) se desarrolló a fines el siglo XIX a partir de la Generación del 98, con quien Ramón Menéndez Pidal interactuaba, y llega a nuestros días con una sorprendente naturalización.

Estudios recientes (Tuten, 2003, por ejemplo) nos muestran todo lo contrario: España, especialmente el norte, siempre ha sido una tierra de contactos lingüísticos y culturales. Y, por lo tanto, el español nunca ha sido una lengua “pura” en el sentido que quieren, a toda costa, asignarle. Es más: todo el complejo proceso sociolingüístico histórico de trasplante de lenguas que América conoció, también lo conoció España siglos antes. Así, podemos decir que el español de España y el de América se constituyen de los mismos elementos (diversidad cultural y lingüística) y lo que los separa es, en realidad, el discurso eurocéntrico de supremacía y pureza europeas.

Volviendo a lo que propone Inés Fernández-Ordóñez en un lindo texto en que discute los orígenes de escuela de filología española, es función nuestra (de los lingüistas y filólogos) el reparar ese discurso y recontar la historia del español a partir de otros puntos de vistas, especialmente, añado yo, si tenemos en mente una perspectiva de educación intercultural.