Creo que hace ya mucho tiempo que buscan el milagro de resolver todos los líos de la comunicación entre los pueblos. Y el más reciente lanzamiento de Google asegura que el día llegó: por todas las partes encuentro noticias sobre los Google Pixel Buds, pequeños auriculares inalámbricos que prometen traducir 40 idiomas en tiempo real y que fueron presentados por la empresa hace menos de un mes.

¡Guay!, dirán los aficionados a las tecnologías. ¡Horror!, dirán otros… ¿Y qué dirán los profesores de lenguas extranjeras? ¿Sería este aparatito un riesgo? ¿Alguno pensará: para qué van a querer clases, si la maquinita permite la comunicación sin que se sepa el idioma?

A ver… ¿sería eso? ¡Lógicamente que no!

No tengo conocimiento técnico para hablar de los auriculares tampoco para acompañar de cerca los avances de la inteligencia artificial (IA). Pero confieso que me encanto con lo que a veces escucho por ahí sobre la creatividad humana en esa área y pienso cómo hay cosas para descubrir y para seguir inventando. Cuántos problemas todavía sin solución…

Mi relación con la tecnología es algo práctica, utilitaria: si tengo un problema y la computadora (o cualquier otro dispositivo digital) me ayuda a resolverlo, ¡perfecto! Jamás seré de aquellas personas que tienen el último gadget o que cambian el smartphone a cada estación. Quizás por eso no me asusté cuando supe que existía el libro digital. O cuando los traductores electrónicos aparecieron. O cuando los ordenadores llegaron a la escuela… Todo lo contrario: inmediatamente fui a ver cómo podrían potencializar mi práctica, cómo mis alumnos podrían aprender más y mejor con ellos.

Es innegable que los auriculares son atractivos y hasta pueden ser útiles en algún contexto. Pero comunicación es mucho más que poner una palabra en lugar de otra. ¡Es pura cultura! Y cultura no se traduce así, de inmediato, “en tiempo real”: se admira, se siente, se respira…

Leí en alguna parte que la IA simula el pensamiento humano. Es imitación. Mi amiga Mônica Py [muy querida], que respira tecnología y la enseña, me dijo algo lindo: “Por más que tengamos AI en los sistemas, los mismos aprenderán, pero jamás llegarán a saber”.

Ella – la tecnología – será siempre la extranjera. Y nosotros, humanos que somos, estaremos siempre buscando la palabra exacta. En nuestra lengua o en la del otro. Es un largo aprendizaje.

 

**Sobre traducciones, vale la lectura del post Traductor de Oficio III, de Eugenia Flavian, aquí en el blog.