El título del texto de este mes podría sugerir que yo haría un parangón entre las dos profesiones, que, aunque igualmente tienen máxima importancia en una sociedad desarrollada, reciben tratamientos muy distintos en relación a sueldo, condiciones laborales e, incluso, prestigio social. Sin embargo, voy a llevar el texto al camino de la formación profesional misma. Es decir, quiero hacer un paralelo entre la formación del médico y la del profesor (en nuestro caso el profesor de lenguas, más precisamente lengua española).

Desde mi punto de vista, se pone un énfasis muy grande en el alumno durante el proceso de formación de profesores: cuáles son sus necesidades, sus objetivos, sus dificultades etc. Todo eso está muy bien y es papel del profesor pensar en las necesidades de los estudiantes. Cuando se piensa en formación del profesor se piensa mucho más en la formación didáctica, qué recursos dispone y cómo utilizarlos, cómo planificar la clase etc. Me parece que se está olvidando qué contenidos específicos tiene que saber el profesor, causando un desequilibrio en la formación de profesores, formando técnicos y no profesores en el sentido real de la palabra.

Vayamos al blanco y comparemos la formación del docente con la formación del médico. Antes de pensar en la atención al paciente, los cursos de medicina forman al médico, que es capaz de comprender el funcionamiento del cuerpo humano. El médico estudia fisiología, anatomía, farmacología y bioquímica y tantas otras disciplinas específicas del estudio del cuerpo humano. Cuando el paciente llega a su consultorio y dice que le duelen los riñones, el médico bien formado le hace unas cuantas preguntas y, mediante su conocimiento y el diagnóstico obtenido, recomienda qué tratamiento tiene que recibir el paciente. El médico no piensa exclusivamente en la atención al paciente ni tampoco sigue un listado de relaciones entre síntomas y medicinas. El médico necesita un conocimiento técnico y teórico que no le importa nada al paciente pero hace total diferencia al momento de atenderlo.

Los cursos de formación de profesores de lenguas extranjeras están (una vez más, desde mi punto de vista), reduciendo la formación de profesores a los conocimientos comunicativos y didácticos, ofreciendo a los estudiantes muy poca reflexión lingüística (no me meto en la reflexión literaria porque no es mi especialidad y tengo decencia… pero un especialista en literatura podría decir qué sucede en ese terreno), operando simplemente con la parte práctica de la clase. Comparando el docente con el médico, es como si el médico llegara al consultorio, ofreciera una atención humanizada, siguiera unos protocolos correctos, pero no supiera de hecho qué es lo que le pasa al paciente. Nadie niega un ambiente de atención humanizado. ¡Al revés! Humanidad y formación técnica de alta calidad tienen que ir parejas en la formación del médico.

Los cursos de formación de profesores deben pensar en unir la formación pedagógica a la formación lingüística de alta calidad. Un profesor de lenguas tiene que tener habilidades prácticas, saber manejar los instrumentos didácticos y conducir una clase con destreza, pero también tiene que ser capaz de hacer reflexiones lingüísticas, que, en un primer momento, pueden ser inútiles para los alumnos pero que son fundamentales para que el profesor pueda llevar a sus estudiantes a un mejor conocimiento y más competencia comunicativa en la lengua extranjera.

Hace unos meses, vi a un profesor que estaba buscando un cañón para su clase (que era un curso teórico sobre el español) pero ya se habían llevado todos. El profesor estuvo largo rato parado sin saber qué hacer porque no había cañones. Pensé justamente en el caso del médico. Me acuerdo también que cuando estaba sacando mi carné de conducir, faltó luz en el consultorio oftalmológico. La médica esperó unos diez minutos y, como la luz no regresó, dijo “hagámoslo a la antigua” e hizo todo que tenía que hacer manualmente. Tenemos que ser profesores bien formados de manera que podamos operar ya sea con la más avanzada tecnología, ya sea con papel y lápiz. E incluso para que seamos capaces de hablar de nuestra especialidad y enseñar cosas fuera de la clase.