Como formador de futuros profesores de español, a veces les pregunto a mis alumnos cuánto del español y del mundo hispánico dejan que adentre sus vidas. A veces la pregunta les suena un poco desubicada o ininteligible. Y enseguida se la aclaro: al entablar contacto con una cultura ajena, uno tiene diversas maneras de apropiarse de ella. Eso recuerda los estudios de la psicoanalista Cristine Revuz (1998), quien, por ejemplo, establece tres actitudes no satisfactorias que puede desarrollar un individuo al verse ante una cultura y una lengua ajenas que a principio podrían ser amenazantes del equilibrio del yo, constituido histórica y socialmente dentro de su lengua y cultura maternas.

Así, Revuz identifica tres maneras individuales de tratar con una nueva lengua: la primera es la del tamiz, cuando el alumno aparentemente recoge muy poco de los estímulos lingüísticos con los que tiene contacto; la segunda, la del loro, donde difícilmente se arriesga a ir más allá de la repetición de estímulos consolidados, y finalmente, la tercera, que denomina caótica, cuando la producción de un alumno puede sonar incoherente a pesar de la regularidad de los datos con los que ha tenido contacto.

Ante las posibilidades de mayor o menor éxito individual, entiendo la adquisición de lenguas extranjeras como un proceso complejo de resultados impredecibles, pero no por eso dejamos, nosotros profesores, de tener un rol fundamental en las posibilidades de una adquisición satisfactoria por parte de nuestros alumnos.

En clase, suelo comparar el español y el universo hispánico, cuando un alumno se ve delante de toda esa complejidad por primera vez, a un viento. Un fuerte viento que rutila ante nuestros ojos, que a la vez requiebra y excita, y uno lo ve desde la seguridad de su recinto, detrás de su puerta, sobrecogido.

Y pregunto: ¿qué hacer en este momento? ¿Abrir la puerta de nuestro recinto de par en par y dejar pasar el viento con toda su fuerza, aunque vuelque papeles y desordene nuestras cosas? ¿O tener miedo a que nos desordene la casa y dejar nada más que una rendija  desde donde lo observaremos con desconfianza?

La manera en la que uno reacciona ante los desplazamientos internos que provoca el encuentro con una nueva lengua y cultura es, a mi ver, determinante en el camino hacia una apropiación satisfactoria de la lengua.

He visto que los alumnos que se dejan absorber profundamente por los elementos culturales de nuestro caro universo hispánico y lo interiorizan de manera apasionada suelen presentar un desarrollo lingüístico e intercultural muy satisfactorio, compatible con la inmersión que inconscientemente promueven. Esos dejan entrar el viento en sus recintos y ese viento los transforma para siempre.

Se trata de una cuestión individual pero que se puede tratar en clase. Al discutirlo en el aula, hacemos posible que el alumno se dé cuenta de su actitud individual, mucha vez inconsciente, ante la nueva cultura polifacética que se va abultando de a poco ante sus ojos, y que tome conciencia de su lugar de agente en el proceso de aprendizaje.

¡Hasta el próximo post!