Podría hacer lo que hacen mis vecinos ―vuestros vecinos también, supongo― y hablaros del tiempo, de que ya no llueve como antes, de lo rápido que pasan los días fíjate tú o de los del quinto, que menudo ruido hacen; y todo esto sin saber de qué hablar (por no callar). También podría hablaros de algo de lo que no tengo ni idea pero como lo he leído en Google, pasan dos cosas: que es verdad y, además, que ya lo domino (da igual el tema y la complejidad del mismo). Este último punto me preocupa sobremanera por la falsedad y el engaño que suponen. No por mí, por el tiempo que me puedan hacer perder los iluminados que hablan sin saber, pues tengo la capacidad de advertirlos desde lejos y cuando llegan ya tengo activado el piloto automático en modo <<Ni caso>>. Esta mala práctica del tiempo y de la palabra me preocupan, os decía, sobre todo por aquella gente crédula que a pies juntillas otorgan dogma de fe a cualquier aseveración lanzada con cierta pose de seguridad y firmeza.

No sé qué abyecta motivación puede tener alguien para posicionarse y decir esta boca es mía con temas que desconoce con la agravante de proyectarlo hacia una concurrencia que le presta ―ni más ni menos― tanto su tiempo como sus oídos.

Corren tiempos en los que las redes sociales copan las horas y se erigen, viendo los derroteros que están tomando las noticias desde que surgen hasta que fenecen, en canales oficiales de información mediante los cuales se confirman o desmienten no solo noticias, sino también, rumores.

He crecido en una época en que cuando sucedía algo, si era de cierta enjundia, se publicaba y si no, no. Además, si salía en el Telediario la cosa era seria y desde ese momento cobraba altas dosis de formalidad.

Y ahora, con el trascurrir de los años, advierto, no sin llevarme las manos a la cabeza con sus aspavientos y todo, que es en el propio Telediario en donde se hacen eco de la información canalizada a través de las redes sociales. Y en este apartado, Twitter se lleva la palma; el presentador de turno de la edición del Telediario que toque en suerte, es el encargado de anunciar una noticia y como fuente irrefutable de veracidad, cual notario con no sé cuántos años de carrera con sus incontables horas de estudio, nos presenta a Twitter;

[Fulanito] ha anunciado [lo que sea] en su cuenta de Twitter.

Así las cosas, hemos de ser responsables con lo que decimos, ya sea en las redes sociales o fuera de ellas, y hacer un ejercicio de honestidad callando si no tenemos nada que decir.

Dicen que si tenemos dos orejas y una sola boca la señal es clara; tenemos que hablar menos y escuchar más. Desconozco el origen de esta frase y quién la pronunció por primera vez, pero si lo tuviera delante, lo tengo claro; le daría un abrazo… por agudo.

*El título de este artículo me lo ha inspirado el escritor Haruki Murakami, cuyo libro ¿De qué hablo cuando hablo de escribir? acabo de terminarlo de leer y, por cierto, no me ha gustado nada.