Necesito encontrar palabras para expresar mi fascinación por el fenómeno que supone la adquisición de la competencia lingüística de los más pequeños de la casa.

No seré capaz, pero voy a intentarlo:

Los gorjeos iniciales, los sonidos guturales y una suerte de vocales ―abiertas― más intuidas que percibidas, dieron paso a sus primeros balbuceos, que forman la base de esas primeras sílabas desprovistas de contenido semántico pero plenas de voluntad comunicativa. Son sus primeras oclusivas, dentales y fricativas entre risas y llantos; sílabas sueltas en los albores de una maduración lingüística que, con mayor o menor destreza, ya no cesa. Habrán de pasar unos meses para que formen su primera cadena hablada; sílabas repetidas en un primer momento (kakaka, gagaga…).  En ese punto, quedan pocos días para que nos estremezcamos cuando le toque el turno a la pe con la a al darnos por aludidos, aunque nada tenga que ver al principio pues, a esas alturas, el bebé aún no nos identifica como tales.

Posterior a ese momento, llegarán las palabras —ora reales, ora inventadas— monosílabas y bisílabas inconexas pero dotadas de toda lógica desde sus escasos centímetros de vida.  En ese momento, son esponjas dueñas de un lenguaje tan impreciso como exiguo capaces, sin embargo, de percibir y atraer para sí todo sonido que revolotee a su alrededor. Por ello, es tremendamente importante que nos comuniquemos con ellos de una manera adecuada a su edad, pero lo más natural posible. Estamos creando en ese instante los primeros vínculos lingüísticos con nuestros hijos y seremos sus primeros maestros… casi nada. Nuestros idiolectos han de converger para que la comunicación tenga ciertas garantías de éxito. Así pues, nuestro lenguaje se ha de adaptar a su universo y debe consistir en estructuras oracionales simples y sencillas, pero utilizando palabras reales y útiles.

El perro hace guau, pero no es un guau; los pájaros no son pipis y el gato no es un miau. Sí es útil y necesario, no obstante, destacar las onomatopeyas que emiten estos animales para que los niños las asocien a ellos y vayan activando partes del cerebro para ir consiguiendo hitos comunicativos a su debido momento.

Otra cosa que me fascina es la formación de palabras en los niños ya con cierta competencia lingüística; cómo desarrollan antes los verbos irregulares que los regulares y cómo aquellos los convierten, con toda la lógica del mundo lingüístico, en regulares. Verbigracia: fuerásemos, reíbamos (aquí se puede apreciar una reminiscencia latina del morfema del pretérito imperfecto, –ba-), etc.

Un hecho significativo común a todos los niños es la necesidad que tienen de literalidad en la comunicación para que nos entiendan. No deja de ser gracioso cuando tu hijo te pide que hagas algo, le dices que espere un segundo porque en ese momento estás ocupado y efectivamente, acto seguido, te cuenta el segundo, tal cual, y te insta a la acción encomendada sin mayor dilación. Lo mismo ocurre cuando empleas la ironía que, como es lógico, no advierte y expresa su asombro porque ha oído, quizá, justo lo contrario  a lo que esperaba oír.

Y a vueltas con la lógica pueril, permitidme que traiga a este espacio una palabra que habita en mi casa desde hace un par de años y que no pienso corregir  porque me encanta y, además, viene avalada por una lógica aplastante: libroteca. Sí, en lugar de biblioteca mi hijo convino que su palabra era la adecuada para referirse al lugar donde habitan libros dispuestos para quienes tengan a bien acercarse a ellos.

Tendréis por bien, amigos lectores, que comunicarnos con los infantes no es tarea baladí.