Libros para leer antes de morir*, películas para ver antes de los 50, lugares para visitar antes de casarse, etc. En tiempos de listas para todo, hay saber elegir qué nos va a llenar el tan disputado tiempo de la vida. No nos faltan ofertas de todos lados, incluso tenemos la opción de no hacer nada.

En la vida docente también somos regidos por decisiones: hay que saber elegir qué enseñar y a quién. ¿Qué aspectos de la gramática: todo, lo básico, lo canónico, lo más exigido en los exámenes? ¿Y los textos? ¿De qué tipo, género, tamaño? Un largo etcétera de preguntas acompaña a los profesores a diario.

En la enseñanza, como en la vida, hay que saber elegir. Los criterios de elección deben tener en cuenta, sobre todo, el destinatario. No por casualidad nadie sigue las listas de quehaceres con fecha de caducidad: son tan genéricas que no nos sentimos representados en ellas. Partir de una falta de identificación es, de por sí, el primer error de cualquier intento de decretar algo imprescindible.

Además de centrarse en el público meta, la elección debe tener en cuenta los criterios de relevancia con base en los objetivos. ¿Qué seleccionar? ¿Para quién? ¿Con qué fin? Tener metas claras es la base de la construcción de las listas de lo que vamos a llevar a clase bajo el brazo.

Enfoque en el destinatario + objetivo + relevancia = curaduría. El término proviene del mundo del arte y consiste en “la investigación, selección, agrupamiento y exhibición de las piezas de una colección”. De nuestra colección lingüística, ¿qué “piezas” destacamos? ¿Cuáles deben integrar la lista de ítems obligatorios de nuestros alumnos? ¿En cuáles ponemos luz? ¿Cuáles dejamos en las salas más lejanas de nuestra galería de conocimientos?

Somos los curadores para niños y jóvenes: les presentamos un recorte del mundo basado en intereses pedagógicos y sociales, filtramos sus accesos al universo lingüístico y cultural. Menuda responsabilidad. Menos mal que los alumnos, así como nosotros, no se restringen a listas y se dejan llevar por los encantamientos de otros caminos. En este caso hay perdón – ¡y apoyo! – a la subversión.

Escuchemos qué nos dicen: ellos saben qué quieren y nosotros sabemos cómo ofrecérselo. Las joyas de nuestra colección educacional no son los contenidos que les brindamos, son los propios estudiantes. Que nos “curemos” los unos a los otros porque las listas, al fin y al cabo, no son nada más que sugerencias de intereses y, para eso, no las necesitamos.

 

* Para reflexionar sobre las listas literarias y sus imposiciones, lee el sensible y perspicaz texto de David Díaz: http://www.espaciosantillanaespanol.com.br/lecturas-imprescindibles/

** Definición disponible en <http://www.garuyo.com/arte-y-cultura/que-es-curaduria>. Acceso el 31 de octubre de 2017.