De nuevo la misma historia con un fenómeno tantas y tantas veces repetido. Recién llegado a la escena, Ernesto sabía que le acabarían sangrando los ojos. ¡Otra vez no!, pensó.

Ese día, anhelaba un único objetivo y estaba a escasos metros de lograrlo; solo tenía que entrar en la oficina y registrar por conducto reglamentario el impreso que le cambiaría la vida… para bien. Pero cuando estaba próximo a franquear la puerta, algo advirtió, detuvo su marcha y, trémulo, a duras penas, volvió sobre sus pasos alejándose del lugar. Lo siguiente que recuerda es mucho dolor; dolor ocular; dolor en el pecho; dolor en los huesos, ausencia de oxígeno en sus pulmones… y no hacía falta que se viera en un espejo para saber que extensas ramificaciones de ríos de sangre poblaban sus ojos.

Pero vayamos al principio de la historia… Ernesto era un tipo tranquilo, con aplomo, sencillo en sus formas y en sus deseos; no quería la luna porque sencillamente sabía que por muy alto que subiera, jamás la conseguiría. Era una persona afable, bonachona y pragmática, sobre todo pragmática. La vida le sonreía de soslayo, que era suficiente para él, pues cuanto menos llamara la atención, tanto mejor, pensaba; más desapercibido y más seguro se sentía. A pesar de ello, una mañana que parecía que iba a ser como las demás (las jornadas matutinas de este tipo de personas suelen ser todas iguales y anodinas), una mañana, decía, decidió ponerse el mundo por montera y rellenó la solicitud; determinó probar suerte porque sabía que de suerte tenía poco, pues el puesto sería suyo.

Así, decidido y presto, salió de su casa pensando en nada, como de costumbre, aunque quizá, esta vez, para que nada le desviara de su camino. Asía fuerte contra sí una carpeta con el formulario cuidadosamente rellenado. Cada paso que daba le recortaba metros a su objetivo; se podía decir que ya casi le miraba a los ojos. Después de tanto tiempo sopesando pros y contras, tanto tiempo luchando contra sus miedos, parecía que por fin su trayectoria cobraba sentido…

Veinte metros, diecinueve, dieciocho… Ernesto levantó la cabeza para mirar de frente y ver la oficina depositaria de su destino. La conocía de memoria pero algo le extrañó en aquel instante. Había un cartel nuevo en la fachada que no pasó desapercibido para él. Era simple propaganda, comprobó de un primer vistazo, por lo que relajó su pose…, pero no, acto seguido algo lo tensó y lo descolocó. El cartel solo tenía una frase breve, mas suficiente para anular a Ernesto hasta el punto de que, tembloroso, era incapaz de gobernar su cuerpo.  Volver sobre sus pasos como pudo y comenzarle a sangrar los ojos fue todo uno. Cabizbajo, implorando a sus piernas que lo alejaran de allí lo más rápido posible, la carpeta cayó desamparada al suelo, inerte ya.

Nunca supo cuánto tardó en alejarse del lugar pero un mundo se le hizo. Un mundo en el que cohabitan seres como Ernesto y seres como el autor de la breve frase del cartel que rezaba así:

<<Siempre pensando en tí>>

 

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