No, no conozco el significado de todas las palabras que alberga el Diccionario. Permitidme que comience el artículo con esta aseveración tan palmaria como notoria. Traigo a colación tal aserto debido a las no pocas ocasiones en que personas con las que hablo se visten con gesto incrédulo y pasan a tratarme con cierta conmiseración cuando advierten que no sé el significado de alguna palabra (¡ay, si supieran que son pocas las que en realidad conozco!). Establecen un inapropiado axioma desde el momento en que, con tremenda ligereza, asocian la condición de ser filólogo con el conocimiento absoluto de toda la flora y toda la fauna de palabras que anidan en el Diccionario.

La actual edición impresa del  Diccionario de la lengua española, la 23.ª, alberga en su interior 93 111 entradas, con un total de 195 439 acepciones. Además, allá por el año 2001 la RAE creó una versión digital gratuita y desde el año 2014 podemos, incluso, no solo consultar sino también navegar dentro del Diccionario a través de la remozada versión en línea. Edición esta que actualizan anualmente y que, por tanto, encontraremos en ella un número de entradas ―con sus correspondientes acepciones― sensiblemente mayor que en la versión en papel.

Hora era, pues, a la luz de estas cifras, de tratar el asunto en este rinconcito nuestro para desmitificar ciertas creencias ―o superpoderes― que nos confieren a los que en un momento dado de nuestras vidas nos dio por hacernos filólogos; quienes, además de la sempiterna aclaración a la que nos vemos obligados a realizar de que el latín sirve para algo, también se nos presupone un dominio absoluto de la Lengua y sus vericuetos.

De otro lado, también es justo reconocer cierta renuencia de algunas personas letradas a admitir la ignorancia supina en que se hallan ante alguna consulta lingüística que les plantean; craso error y flaco favor se hacen y nos hacen a quienes asumimos sin pudor alguno las lagunas semánticas que pueblan nuestro organismo.

No hay que tener miedo a decir no lo sé o lo desconozco  y, acto seguido, acudir a un diccionario. Si nos parece antediluviano abrir una edición impresa o, simplemente, no la tenemos  a mano, ahora no tenemos excusa pues con un simple clic accedemos a la edición digital y abrimos la puerta del saber, ni más ni menos, que nos otorga el Diccionario.

Así, animo a quienes todavía no hayáis entrado en el DLE, el Diccionario de la lengua española, y exploréis el sitio para comprobar la magnitud de la obra y la ingente información que atesora. No debemos obviar que lo que allí nos encontraremos serán palabras y definiciones que utilizaremos en nuestro devenir comunicativo y cuanto mayor léxico dominemos, más eficaz será.

Con ese simple gesto, es como hay que responder a cuantos preguntan ávidos por conocer esta o aquella palabra y cuyo significado desconocemos. Haciéndolo, no solo aprenderemos nosotros y quien nos escucha, sino que también, y con suerte, animaremos con nuestra actitud al uso de esa práctica tan sencilla como pragmática; consultar un diccionario.

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