Hace pocos días el recién estrenado Gobierno de España solicitaba a la RAE un informe sobre el “lenguaje inclusivo” en la Constitución española. El director de la Academia, Darío Villanueva, aunque quizá abrumado por las críticas ante las decepcionantes ventas en soporte impreso de la vigésima tercera edición del Diccionario de la insigne institución, no se ha acobardado y ha respondido ante este polémico asunto diciendo que “el problema está en confundir la gramática con el machismo”, de ahí nuestro título. No seré yo quien le vaya a negar la mayor a un erudito como Villanueva, gramático de reconocido prestigio, estudioso de la lengua española y uno de sus mejores defensores ante los peligros que la acechan en los últimos tiempos. El mayor de dichos riesgos es convertir la lingüística en arma política. Sí que he de reconocer, no obstante, como la Academia está siendo considerada últimamente una entidad demasiado conservadora. Ante tal afán de modernidad sería conveniente recordar como todas las lenguas, no solo la española, se rigen por un principio de economía. Villanueva en una entrevista concedida al diario EL PAÍS advierte de que el uso sistemático de dobletes como “miembro y miembra” acaba destruyendo esa esencia económica. También considera inapropiada la solución propuesta por algunos de poner en lugar de las letras finales “a” y “o” la letra “e”.  El académico tilda dichas iniciativas de “absurdas, ridículas y totalmente inoperativas”. Su actitud dista diametralmente de la temperamental respuesta de otro conocido miembro de la citada institución, Arturo Pérez Reverte. No por el fondo, sino por las formas. El que fuera reportero de guerra antes de ocupar la silla “T” de la RAE, a golpe de “twit”, amenazó con abandonar la Academia si esta atendiera a las solicitudes gubernamentales. Si Pérez Reverte finalmente decidiera dar ese drástico paso, al hacerlo, sería el primero en desvincularse de un cargo al que nadie más ha osado renunciar.

Ante este panorama son muchas las cuestiones que nos asaltan. ¿Acaso puede ser el idioma un mundo de modas e intereses? ¿De verdad lo meramente lingüístico atenta contra la inclusividad? ¿Es la lengua española una lengua machista?  ¿Tan importante es la concreción gramatical de un articulado legal como la Constitución española? ¿Por qué no se vela por su verdadero respeto antes de ocuparnos en cuestiones tal vez no tan necesarias?

Así están las cosas. Serán los hablantes, seremos nosotros los que definitivamente y con el paso del tiempo resolveremos este entuerto. Sin doblegarnos a imposiciones ni corsés externos al uso común de la lengua. A su evolución. Sin perdernos en las estériles polémicas sobre cuestiones de género. Démonos apenas unos años, nosotros seremos quienes tendremos, como siempre, la última palabra. Ojo, utilizo nosotros pero soy mujer y no me estoy discriminando a mí misma al hacerlo. Ojalá esa palabra definitiva acabe en “a”, “o” o “e” por decisión personal de quien la enuncie, por evolución lingüística natural sin que nadie imponga su terminación.