En este post quisiera tratar de la competencia textual y, en concreto, de los géneros discursivos, teniendo en cuenta su relevancia no solo para la enseñanza y el aprendizaje de la lengua sino también (y principalmente) para la competencia comunicativa. Sabemos que los textos (orales y escritos) originados en determinada sociedad se agrupan o pueden agruparse en tipos o clases denominadas géneros. Reconocemos su diversidad gracias a la competencia textual de usuarios experimentados, o sea, al conocimiento implícito de los diferentes géneros textuales como, por ejemplo, un blog, una noticia, un reportaje, una entrevista, una receta etc. y los modos habituales a través de los que se organizan estos discursos, sea de forma predominantemente narrativa, descriptiva, argumentativa o explicativa.

Así, la competencia textual consiste en la capacidad de los hablantes de una lengua de reconocer las clases de texto empleadas en su entorno, el modo cómo se deben interpretar y la función social que poseen. Debido al conocimiento de tales clases textuales o géneros discursivos, nos comunicamos e interactuamos con los demás.

Los géneros, a su vez, son formas estereotipadas que reconocemos por sus características formales y propósitos comunicativos. Es por eso que cada situación comunicativa dispone de géneros de discurso distintos, sea en el ámbito privado, personal o público, profesional o académico. De ahí la importancia de conocer y de emplear dichos géneros de acuerdo con las distintas necesidades comunicativas y ámbitos discursivos.

De ese modo, los géneros del discurso son “unidades de comunicación situadas que se configuran en la situación de uso que les da sentido” y, por lo tanto, los géneros del discurso son categorías “abiertas e históricas, culturales, en el sentido de que pueden aparecer o desaparecer según las necesidades de los miembros de una comunidad de habla en cada momento histórico” (López Ferrero; Martín Peris, p.100). Una prueba de ello, por ejemplo, son los géneros de la cultura digital que ganaron relieve en las últimas décadas.

Tratándose especialmente de la enseñanza y del aprendizaje de lenguas, podemos considerar la competencia textual en términos de dos subcompetencias complementarias: la de comprensión y la de producción de textos. La primera abarca la capacidad de reconocer los distintos tipos textuales en cuanto a su estructura global; identificar tema e ideas centrales que integran la estructura semántica del texto; identificar los elementos cohesivos, categorías léxicas y gramaticales que fundamentan la construcción de significados. La producción presupone establecer un plan textual adecuado a las características estructurales del tipo de texto; la jerarquización y el encadenamiento coherente de las ideas; el empleo adecuado de las diferentes y variadas categorías gramaticales y léxicas. De igual modo, la competencia supone poder emplear los distintos géneros en las diversas instancias comunicativas, considerando los participantes, finalidades y propósitos que los requieren.

De acuerdo con esa perspectiva, la competencia textual se suma a las demás competencias, a las que se debe integrar.

Para saber más:

LÓPEZ FERRERO, Carmen; MARTÍN PERIS, Ernesto. Textos y aprendizaje de lenguas. Elementos de Lingüística Textual para profesores de ELE. Madrid: SGEL, 2013.