Uno de los lujos de dar clases de español en la UNILA es que puedes organizar sesiones de tándem en las que tus estudiantes brasileños conversan presencialmente con nativos de media docena de nacionalidades latinoamericanas, compañeros suyos de universidad, intercambiando vivencias, cultura, acentos, saberes, lengua, consejos, opiniones, bromas, etc.

Pues bien: en una de estas sesiones, en un grupito surgió la duda del título: ¿cómo se dice “rodo” en español?, y los estudiantes se pusieron a preguntar a los grupos contiguos, de manera que la pregunta se extendió por el aula entera y se convirtió en tema de conversación general. Llegó entonces nuestra perplejidad: ninguno de los hispanohablantes allí presentes conocíamos el equivalente en español para “rodo” porque este utensilio de limpieza no era de uso común en nuestros países. Solamente habíamos visto un objeto similar, del que tampoco sabíamos el nombre, empleado para limpiar vidrios. ¿Era, pues, el “rodo” algo exclusivamente brasileño? ¿Nos habíamos topado inesperadamente con un elemento clave de la identidad brasileña como pudieran ser la farofa o Roberto Carlos, o Rei?

Lo cierto es que al menos la palabra no surgió en Brasil sino que proviene de Portugal (y en segunda instancia del latín rutrum) pero el objeto no es una herencia cultural portuguesa. Es más, difícilmente se hallará un “rodo” de tipo brasileño en un supermercado europeo. El “rodo” de Portugal, según el diccionario Priberam, se utiliza principalmente para retirar el exceso de agua de los vidrios, de manera que podemos traducirlo en español por términos técnicos como “rascador” o “rasqueta”. Pero el “rodo” brasileño, que según el diccionario Aurelio sirve para “puxar agua dos pavimentos molhados”, es perfectamente ajeno a la cultura europea, con lo que su traducción resulta problemática. En los hogares de Europa y Estados Unidos los suelos se limpian con mopa o fregona, pero traducir “rodo” por cualquiera de estos dos términos supondría una adaptación cultural que suprimiría sin contemplaciones una forma de limpiar que forma parte de la historia privada de cualquier brasileño.

Ahora bien, si en mi grupo de estudiantes hubiéramos contado con algún cubano o venezolano, nos habrían explicado que en sus países al “rodo” lo llaman “haragán”, un mexicano afirmaría que él conocía ese objeto como “jalador” y, asimismo, un porteño nos diría que ese utensilio también es muy común en Argentina, donde se conoce como “secador de pisos”, patentado en los años 50 por el compatriota José Fandi. Este inventor, en entrevistas que circulan por internet, cuenta que su madre, al igual que tantas otras mujeres argentinas, limpiaba el suelo con un secador artesanal que contaba con una tira de caucho fijada con un clavo. Fandi habría aportado un sistema industrial para fabricar secadores resistentes.

Por lo que vemos, el “rodo” no se emplea únicamente en Brasil, sino que su uso se extiende por buena parte de Latinoamérica. Esto significa que, mientras en Europa, Estados Unidos y otros países se limpia el suelo con un trapo o fregona que a su vez se va aclarando en un cubo lleno de agua, en buena parte de Latinoamérica lo que se hace es baldear agua sobre el piso y empujarla hacia los desagües, tal y como se hace en los navíos.  En efecto, una bonita hipótesis para explicar este fenómeno sería que, al igual que el español de América incorporó numerosos términos marineros, esta costumbre latinoamericana de limpiar el piso baldeándolo provendría de la vida en el mar. El hecho de que en Uruguay al “rodo” lo llamen “lampazo”, otra palabra marinera, vendría a reforzar esta hipótesis.

Si esto fuera verdad, supondría que cuando los arquitectos brasileños diseñan las viviendas instalando desagües en baños y cocinas pensando que van a ser lavadas con “rodo”, desapercibidamente construyen apartamentos con características de barco.