Decíamos ayer… que los libros forman parte activa de nuestras vidas; afortunados somos los que nos damos cuenta de ello.

También decíamos en el último artículo que un libro viste, fingir que lo has leído, igual, y que hay gente pa tó*, también. En este sentido, por ejemplo, me viene a la memoria las sensaciones tan dispares que me producen una casa yerma de libros y una casa, por el contrario, adecentada con ellos. En cuanto a lo de las casas llenas de libros, no vale de cualquier forma. Conservar libros encerrados todavía en plástico, que todos los libros estén inmaculados sin una triste huella dactilar sobre su portada o su lomo, o que todos se hallen perfectamente alineados… denota una mala praxis. Permitidme que no me fíe de una biblioteca (llamémoslo así, aunque no cualquier sitio que albergue libros debería ser considerado como tal) con todos sus libros ubicados de forma simétrica; no me fío, no. Por muchos que haya, esos libros están más solos que Tom Hanks en Náufrago.

Pero lo que de verdad viste, lo que de verdad engalana es leer esos libros.

Cuando leo un libro, lo primero que hago es abrocharme el cinturón, como hago antes de iniciar cualquier viaje.

Cuando leo un libro me olvido de mí porque ya no soy yo. Soy cualquier personaje; bueno, cualquiera no. Siempre he pensado que son los personajes los que nos eligen a nosotros y no al revés –ellos nos atrapan en cuanto acariciamos su libro–. También pienso que cuando leemos un libro y no otro es por algo. El estado de ánimo, el lugar, el momento… nos empujan a un determinado tipo de lectura. De igual forma, tampoco somos los mismos cuando acabamos un libro. Ya no somos las mismas personas. La lectura de un libro te impregna su contenido y adopta en tu cuerpo una pátina de sensaciones que ya son tuyas y por ello moldean tu pensamiento.

Así, sabemos cómo llegamos a un libro, pero lo que desconocemos por completo es cómo saldremos de él. El poso que nos queda de los libros que vamos leyendo es único e intransferible. Y esto, en el caso de que salgamos de él y no quedemos atrapados entre las páginas de su historia para siempre. Reconozco que, aunque estoy contento en el lugar donde moro, más de una vez he deseado quedarme a vivir dentro de algún libro.

Ahora bien, ¿ya hemos leído los 100 libros que tenemos que leer antes de morir? Muchas convenciones –y esta no lo iba a ser menos–, no llaman precisamente a la relajación… (Hablaremos de esto en el próximo artículo).

Por último, permitidme que os recomiende un libro: cualquiera.

*<<Hay gente pa tó>> es una frase que pronunció el torero Rafael el Gallo cuando le presentaron a José Ortega y Gasset.